Discurso bélico

El discurso de la guerra utiliza un diccionario que conocemos bien. Es un discurso fácil, que coloca el universo lingüístico en uno de dos bandos: nosotros (los buenos) y los otros (los malos). Es el discurso que habla del enemigo –encarnación del mal en la tierra— cuyo fin ulterior es destruir todo lo bueno que exista. Nosotros somos los constructores, los progresisteas, los «revolucionarios».

Por esto, dentro de ese discurso, la lógica —la inferencia en general— es inversa: lo que resulta bueno en nosotros, será perverso en el enemigo. Característica particular de este discurso es que llama «libertad de expresión» a todo acto de coacción del otro. Mientras la coacción —que me impide expresarme o moverme— será la libertad del otro; el golpe de coacción del enemigo, será la más cruel de las violencias.

Los adeptos a este discurso son entes peligrosos. Su razón, es que sólo ellos tienen la razón, y sólo sus acciones son válidas. Allí se cumple eso de que el fin justifica los medios. Una idea –la idea del belicista—vale más que cualquier vida del opositor. No le temblará la mano a un partisano cuando decida oprimir el gatillo contra un condenado.

La normalidad no existe dentro de este discurso. La normalidad es una falacia en tanto mi discurso prevalezca. El menor signo de oposición implicará condena, castigo y muerte del adversario, por los medios que sea. Hay que temer este partido de lo bélico. Para ellos, la belleza es la muerte y, el temor, el valor afectivo que debe predominar en todos.

¡Ojalá algún día ese discurso sólo pertenezca a la literatura y el cine! Cuando aprendamos a brindarle una salida honrosa al pensamiento diferente, así sea representado por uno solo, sabremos que el mundo no pertenerce a unos pocos, ni a la mayoría: sino que es de TODOS.

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Un comentario

  1. Ojala sea así algún día. Espero que le podamos enseñar eso a Laurita y contribuir a ese cambio desde adentro.

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