El autoritarismo lingüístico: Tod@s=Todas+floritura

Tod@s=Todas+Todos

Hace un tiempo atrás, miembros de una peculiar secta decidió romper la convención lingüística que existía entre los hispanohablantes. Esa secta pronunció a viva voz la exclusión de las mujeres en el término de clase «todos». Decidió que ese término no indicaba la clase que recoge a todos los hombres y mujeres como referentes, sino sólo a los hombres. Por eso al momento de hablar del universo humano se expresan en términos de «todos y todas». Sus explicaciones tienen que ver con el deseo de igualar género gramatical con el género social o biológico. Para ese grupo el género gramatical femenino es igual al género biológico femenino, e igualmente en cuanto a lo masculino. No sé de su visión de lo neutro gramatical, o de la falta de equivalentes lingüísticos para lo transexual ni lo transgénero en el ámbito social. También hablan de la necesaria presencia gráfica de lo femenino en el habla, como si la equivalencia social entre mujeres y hombres debiese implicar también una distribución cuantitativa de las palabras femeninas y masculinas.

Dentro de ese grupo prolifera en estos tiempos un nuevo uso para el símbolo de arroba (@). Decidió que la floritura de esa «a» era una «o». Se impulsa y se pretende que se adopte esa grafía como convención, cuando sus prácticas anteriores ignoran la naturaleza convencional de la lengua. El autoritarismo tiene esas inclinaciones. El resultado es finalmente que la palabra «tod@s» es igual a la palabra «todas», cuya «a» tiene floritura. ¿Era esa la intención de fondo ?

El discurso democrático no predica la adopción obligada de las convenciones lingüísticas. Precisamente las lenguas se destilan con los acuerdos de sus hablantes en lo oral, como en lo escrito. Yo no excluyo a las mujeres en mi uso del término «todos», porque conozco la convención de mi lengua que las incluye, ni confundo el género gramatical con el social/biológico. Para mí, las «puertas» no pueden parir, ni los «puertos» pueden padecer de cáncer de próstata.

Aunque patrocinamos en principio el deseo de la equivalencia (no estrictamente igualdad) entre mujeres y hombres, ese camino ejemplifica un efecto contrario.

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