Belleza en la azotea

Una de tantas imágenes que me impresionan más en la cuidad del siglo XX y de este —adolescente ya— siglo XXI, es la ausencia de belleza de sus azoteas. Ya sé. Me dirán: «la belleza está en los ojos que miran». Y, para contradecirme a mí mismo, esto es cierto y falso, a un tiempo. Primero: cierto, porque nos puede «gustar» una imagen como odiarla por distintas razones, y en conflicto con los «gustos» de cualquier otro. Me gusta Picasso, Mozart, García Márquez. Conozco a muchos que no los «entienden», a todos o a alguno de ellos. Segundo: falso, porque si bien tenemos un amplio margen para ver, escuchar o degustar, también hay límites fisiológicos que se imponen. Todavía no conozco a quien se apasione por ver al sol directamente, o por escuchar música a 150dB, o beber cicuta en el desayuno.

Las azoteas son el lugar del límite en esos compartimentos que llamamos casas o edificios. Es donde comienza el exterior hacia arriba, el linde de la convivencia cerrada. Basta mirar desde una azotea cualquier ciudad antigua (pensemos apenas en poco más de 100 años) o casco histórico, sea San Juan, Madrid o Berlín, para notar los tejados, las declinaciones a dos o cuatro aguas, las planicies cerradas por muros coronados de almenas, bóvedas impensables…Esas azoteas fueron diseñadas para ojos que nos miran desde otra perspectiva, desde el edificio de al lado, desde el residente mismo que la usa como un espacio más.

 

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© Claudio Rivera

Hoy, ya no. No tengo adónde mirar, sin quedar a medio bostezo. Paradójicamente, en muy raras ocasiones fotografío una azotea. Tal vez sea una consecuencia adicional de mi miedo a las alturas. No tengo voluntad para ir a buscarlas. Luego, las vistas se quedan para mí, fugaces a mis ojos. Tengo que recurrir al esfuerzo constante de poner en juego aquello que en mi mente las almacena.

El techo: me cobijo mejor en los techos; en el interior, el reverso protegido, de la azotea. La luz les acompaña a manera de lámpara central o de una ventana abierta. En no pocas ocasiones guardan su sorpresa. Mirar arriba es algo que hemos hecho durante toda la vida. Es la recurrente vuelta al niño que, desde tierra, se ilumina con la luz que le irradia de lo alto.

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© Claudio Rivera

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